Eh! ¿Hay alguien?
Porque llevo días sola en este rincón virtual sin que nadie, ni persona ni sombra, me nombre ni en vano ni en serio. Ups, ni siquiera un empobrecido comentario o un saludo. Bueno, vale. Ya está, ya ha pasado el tiempo, los 3 minutos, el mismo tiempo que añaden al tiempo reglamentario de un partido de fútbol (¿por qué siempre es 3 minutos y no 3.000 y así se acaba la tontería?), digo, los 3 minutos de la autocompasión. Ahora, a lo que iba: recordaros que ya ha salido la revista "Sales" de estos meses otoñales.
Ah, je, je, je...
No soy Mara. Esta vez soy Thais.
Vale. Estos muñecos, zarandeados al sol en un precioso césped artificial, no son de la colección de amiguitos de Thais.
Mi creadora los encontró en la ciudad de Kingston, a orillas del lago Ontario, mientras escuchaba en su mp3 "Music from heaven", un musical que transcurre en Canadá, entre los cazadores de ballenas, los pioneros, los fabricantes de cerveza quebequesa y las guerras franco británicas.
Los muñecos en cuestión formaban parte de un juego extraño de niños. Bueno, en realidad, yo no estaba allí, pero he leído el diario de Thais (sé que se va a enfadar si ve esta confesión; cruzad los dedos para que eso no ocurra, porque, en caso contrario, es probable que perdáis mi voz y mis historias).
Vale, la cosa es que los niños debían lanzar una pelota de madera contra los muñecos. Si lograban hacerlos caer y no sólo torcerlos (como el de la foto), tenían derecho a usar una pistola en la siguiente tirada. Si, tras el disparo, la bala daba en la cabeza, ésta estallaba en una lluvia de sangre. Pero... si erraban el primer tiro, el de la pelota, y ésta ni siquiera rozaba al muñeco... los niños desaparecían por unos instantes para regresar convertidos en muñecos preciosos encima de un césped artificial y a la espera de ser golpeados por una pelota de madera.
Terrible, ¿no? Claro que deberíamos saber si la historia es cierta o si pertenece al imaginario de Thais, que en sus diarios, como todas, suele escribir teatro, puro teatro...
Lejos de la Torres, lejos de noticias de funerales urbanitas y rosas negras lanzadas al aire, Thais ha encontrado esta fotografía de sus vacaciones en Canadá. Todavía no sabe si se trata de la cola de una ballena o la de una sirena.
Os pide, por favor que opinéis. Porque hasta que no logre identificar esta magnífica "uve" marina, no creo que pueda dormir tranquila. La indefinición no debería ser tan obsesiva, ¿no?
Sin embargo, ¿qué puede esperarse de un mundo en el que lo primero que se quiere saber de un bebé es si es niño o niña? ¿Y si es otra cosa?
Thais tiene una foto que me acaba de arrancar de las manos (no, no es ésta de aquí).
Dice que no puedo andar tocando todo lo que tiene por su estudio.
Pero, a lo que iba, esa foto está tomada desde el puente de Brooklyn y siempre que la mira, yo lo sé, le duele algo que no sabe definir con exactitud (ni sin ella).
Esa imagen, a la que quiere comprar un marco especial cuando lo encuentre guiándose por su propia ley de las casualidades, incluye las Torres Gemelas y a su hermana. Fue tomada, creo (yo no existía todavía), en 1992.
Piensa, cuando la mira, en lo premonitoria que fue hacerla, porque ahora no existen ni las Torres Gemelas (las primeras en desaparecer) ni su hermana.
Por eso, cada 11-S, Thais siente un hueco especial, profundo y negro, que le hace vivir ese día de un modo muy ligero... por el vacío que se le ha quedado en ese recuadro del calendario.
Posdata:
Dos citas imprescindibles para arrancar este otoño.
1- Fiesta Internacional de la literatura de Kosmópolis
Del 18 al 22 de octubre del 2006
Barcelona – CCCB
http://www.cccb.org/kosmopolis/
2-Festival Internacional de Cine Gay & Lésbico de Barcelona
Del 5 al 15 de octubre.
http://www.gaybarcelona.net/ficglb

He regresado. Thais y yo, que sigo siendo Mara (aunque me queda poco tiempo, pues la ficción tiene un límite y ese límite es el cansancio y yo estoy cansada de andar por fuera de los libros), hemos estado en Canadá lavándonos el cerebro en laundrys de 1 dólar y medio con secadoras gigantes y revistas gratuitas para mayores de 50 años. También hemos visto el ambiente del país (uno de los pocos en los que las lesbianas pueden casarse, aunque el gobierno conservador de Harper podía acabar con este derecho), la primera temporada de L-Word (maravillosa ficción más cerca de la realidad que la vida misma), un montón de ballenas (en el golfo de San Lorenzo) y petroglifos indígenas, que probablemente explican tantas historias como las que hay encerradas en la biblioteca de mi barrio.
Si Thais me lo permite iré añadiendo algunas fotografías del viaje, especialmente de gasolineras retro que han inundado de fuel y de palabras la imaginación de mi autora.
De momento, un lavado de cerebro para recomenzar el curso.
¿Qué curso?
No sé. El de la vida.